sábado, 18 de noviembre de 2017

LEGADO CHIQUITISTANÍ


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

      No quisiera faltar a la conmemoración de don Gregorio Sánchez, con quien tengo una deuda pendiente: fui de aquellos que en su momento de esplendor y omnipresencia mediático-social, a mediados de la década de los 90, pensaba que su fama sería efímera y que en unos años toda España lo habría olvidado, como le pasó a tantas celebridades de periquetes. Me suelen resbalar las modas, y por eso se me han escapado cosas que fueron mainstream pero no por ello menos interesantes. Por esa época yo era un asiduo de Gomila y, aunque gran parte de las músicas que sonaban en Nivelón, Fraguel o Morgana no me entusiasmaban, sin embargo ahora las escucho con cierto deleite, realzado por el tamiz transfigurador que deja el melancólico paso de las décadas.
El éxito de Chiquito en los 90 fue tremebundo. No sólo aparecía con sus patillas y camisas estrafalarias en cualquier parte, es que sus émulos también eran ubicuos: ¿Recuerda alguien al ‘Nuñito de la Calzada’ del Força Barça de Arús? ¿O a Crispín Klander y su teléfono chiquitistaní en un programa, Esta noche cruzamos el Mississippi, que alternaba el festival de fistros duodenales con la conspiranoica investigación de los macabros crímenes de Alcàsser? Chiquito era un formalista puro, pues la clave de su genio no residía en el contenido de sus chistes sino en su personalísima forma de contarlos. Relean el fantástico artículo que escribiera en estas páginas Ramón Obrador, poco antes del verano, y comprobarán como el legado chiquitistaní ha conseguido asaltar incluso el exquisito reducto de los cuasidivinos catedráticos prusianos: El alemán que quería hablar como Chiquito de la Calzada.
Hoy en día, incluso antes de su muerte, pocos se atreven a criticar a Chiquito, incluso aquellos que no disfrutaban en absoluto sus actuaciones, y eso creo que en parte es por la inaudita bonhomía del personaje. Como recordaba hace una semana Eduardo Jordá, Chiquito representa todo lo contrario de cierto humor hodierno instalado perpetuamente en un resentimiento estéril y sectario: lo suyo era una pletórica celebración de la vida. Las tareas inquisitoriales se las dejaba a los que tengan cuajo y menos talento para ello, porque la mediocridad suele recurrir a la instrumentalización para tapar su nulidad. Sin embargo, hay que reconocer que en el éxito de Chiquito, como en el de muchos otros, primó un puro golpe de suerte, y también una lección de vida. Cuando parecía que su discretísima carrera como cantante de flamenco se acababa, a sus 62 años, el productor Tomás Summers lo descubrió de noche en un restaurante de la manera más simple: poniendo la oreja en la mesa de atrás, donde un condemor desmelenado engarzaba guarreridas y caiditas para la alborozada apoteosis de los presentes.

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA POLÉMICA DEL ADOCTRINAMIENTO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Anda alterado el corral educativo por las acusaciones que en estas páginas manifestó Xavier Pericay, sostenidas por todo C’s y Plis. Enternece ver la cota de furia e histeria de las reacciones negativas del conocido clan: el conseller March, la FAPA, el Stei, Més. Es cierto que no sabemos exactamente el nivel de adoctrinamiento real que pudiera existir en nuestra educación pública, pero más evidente es que ante la preocupante realidad de casos que sí conocemos (unos muy diáfanos, otros más indiciarios) sería exigible que se tome de una vez la temperatura al paciente. Y anatemas como los que estamos viendo, tirando balones fuera y demonizando a los denunciantes, no ayudan demasiado e incluso delatan que sí podría haber algo metódicamente turbio tras el encolerizado mandato de omertà.
Algunas de las respuestas en la prensa afecta al Pacte me han hecho particular gracia: se ve que estamos obligados a perpetrar un cierre de filas y ciegos actos de fe alrededor de nuestra educación pública, loada como eficaz (¿para qué o para quiénes?), afamada (¿seguro?) y de calidad. ¿Podemos seguir engañando a la ciudadanía sobre el nivel de nuestras escuelas? Veamos dos estudios serios que dejan en mal lugar a estos forofos del desastre escolar camuflado con velos edificantes. Primero, el famoso informe PISA, que deja a Baleares por debajo de una media española ya de por sí algo rebajada respecto a la media de países de la OCDE. Hemos estado peor, pero no parece que se pueda exhibir músculo cuando hay unos 20 puntos de diferencia entre la privada y la pública, a favor de la primera. Seguimos anteponiendo las creencias (el poroso y retráctil “educar en valores”) al mérito. Eso respecto al nivel de nuestros estudiantes, pero es que también contamos con valoraciones alarmantes de nuestros profesores de primaria e infantil, y ahí ya no nos servimos de estudios externos puesto que el maś importante ha sido elaborado por Bernat Sureda Negre y el departamento de Pedagogía Aplicada y Psicología de la Educación de la UIB hace 2 años: queda claro que, mientras en Finlandia sólo puede entrar en Magisterio lo mejor de cada casa, aquí las lagunas de nuestros futuros docentes son oceánicas… y eso que cobran bastante más que la media OCDE.
A día de hoy, viendo lo que acontece en escuelas de Cataluña, espejo sagrado de nuestros docentes pesemeros, no podemos permitirnos el lujo de pecar de inocencia sobre el modus operandi educativo del catalanismo. Por eso, que nieguen todo adoctrinamiento parece un intento de distracción, primera línea de defensa previa a la cínica justificación, como se ha hecho con la desaparición progresiva del castellano de las aulas: de inicio también se negó, luego se amparó.

sábado, 11 de noviembre de 2017

LAPIDA O MUERE


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

       Me molesta con exasperación esa letanía ubicua de que vamos empeorando inexorablemente y antes todo era más puro y humano. Salvo casos muy puntuales, esa sensación de dinámica negativa es eso: una sensación. Falsa. Sólo excepcionalmente sí que vamos a peor, o si acaso no mejoramos, y hoy me referiré a la pulsión inquisitorial, el afán de perseguir al otro de la forma más obcecada y menos garantista posible. Seguimos evidenciando que para defender nuestras convicciones lo prioritario es linchar a ciertas bestias negras y cabezas de turco, hasta el punto de que ese mecanismo antagonista precede a la gestión racional del propio discurso. Por eso, a causa de su inquina al PP y C’s, una parte importante de la izquierda española ha simpatizado tanto con el nacionalismo catalán y vasco, y por eso mismo (en este caso con EEUU y el capitalismo como chivo expiatorio) tantos comunistas son especialmente tibios, cuando no otra cosa más explícita, con el terrorismo islamista.
En Hollywood se ha abierto la veda. Tras la lúgubre estela de Weinstein, han acusado a Dustin Hoffman y Louis CK, pero me interesa más el caso de Kevin Spacey, un actor grandioso, el rey de las imitaciones de otros intérpretes, al que se endilgan todos los pecados posibles. Antes de nada, es necesario decir que no confío ciegamente en él, ni mucho menos, porque a estas alturas no pongo la mano en el fuego ni siquiera por mi mismísima progenitora, que es muy decente y honrada pero nunca se sabe a cuántos vecinos habrá descuartizado sin yo saberlo (Nota mental: mi madre me lee, así que hoy toca birlarle el periódico).
Sin embargo, lo de Spacey se ha convertido en una cacería preocupante. Todo ello, a día de hoy, sin pruebas demostrables ni sentencias judiciales. Que yo sepa ni siquiera se le ha imputado. Vale que su reacción de solicitar ayuda al parecer a una clínica de rehabilitación parece un indicio en su contra, pero repito que a estas alturas todavía vivimos en una nebulosa acusatoria que no ha cristalizado en hechos probatorios serios. Lo llamativo es esa histeria que no contempla la más mínima cautela. ¿Qué nos cuesta tener algo de paciencia antes de acribillar metafóricamente al excomulgado, y después ya veremos qué pasa? ¡Si hasta Ridley Scott lo acaba de borrar de su última película!, cuando sus escenas se habían rodado. Luego nos quejamos de esos polis americanos que acribillan a ciudadanos de raza negra de forma preventiva y sólo después, ya con el cadáver achicharrado, analizan su documentación. Estamos a finales de 2017, y seguimos sin entender que una acusación no es sinónimo de culpabilidad. Por algo se inventó el Derecho.

lunes, 6 de noviembre de 2017

MARCA ESPAÑA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

    Nada tan español como criticar a España, ironizar sobre sus modos y su historia, o directamente demonizarla. Pero no tanto por espíritu crítico como por un sesgo patológico que es incapaz de encontrar un punto intermedio entre la culpabilización absoluta y la beatificación intachable. Fruto de un curioso síndrome de Estocolmo, somos seguramente el único país que ha asumido como verdad indiscutible la imagen distorsionada que nuestros rivales históricos construyeron contra el imperio español. La famosa leyenda negra, compendio de medias verdades y en ocasiones flagrantes mentiras, que ha arraigado en nuestra masoquista personalidad nacional. Conste en acta que no me parece tan mal el masoquismo siempre que esté razonablemente repartido, pero mientras que en España en general todo son lamentos y, en consecuencia, si uno no pone a su país a la parrilla queda automáticamente bajo sospecha (según el CIS sólo un 7 % de la población española es nacionalista), luego en regiones como Euskadi y sobre todo Cataluña nos vamos al otro extremo, reinando una asombrosa autocomplacencia.
De esos polvos, estos lodos. La doble vara de medir que desemboca en la apología de la impunidad para los políticos golpistas: aunque hayan cometido delitos gravísimos, no se tolera que la justicia actúe. Imaginen un “no estoy a favor del robo, pero es un escándalo que se detenga a los ladrones, eso no resuelve nada”. Por no hablar de los peculiares mandatarios belgas que alardean de refinamiento democrático cuando pocos países cuentan en su historia con carniceros como Leopoldo II, responsable del genocidio del Congo. O esos anglosajones que barrieron América del Norte de indígenas, dejando su población autóctona bajo mínimos, en contraposición a los millones de nativos y mestizos que hay en Hispanoamérica. Como recuerda Elvira Roca en Imperiofobia y leyenda negra, el hegemonismo protestante ha conseguido imponer su hipócrita versión de la historia, sobre todo en el Nuevo Mundo. Y ahí siguen muchos medios anglosajones, impartiendo catequesis farisaica, cuando en sus feudos campan a sus anchas el populismo de Trump y el Brexit.
Un librito interesante, en clave humorística, para entender nuestro país es Marca España, de Jordi Moltó y un Juan Herrera que es uno de nuestros genios ocultos más remarcables, pues ha estado detrás de muchísimos fenómenos de los últimos 30 años, como Humor amarillo (creado con su compinche Miguel Ángel Coll, con quien alcanzó el súmmum de la radio con Jack el despertador o, mi programa favorito de siempre, Obsesión de noche, en la antigua Radio Voz), El club de la comedia o El Hormiguero. Esta obra no es tan sesuda como la de Roca, pero se ha forjado con una comicidad lúcida que también es patrimonio nacional, por qué no.

sábado, 4 de noviembre de 2017

DIÁLOGO Y PROPORCIONALIDAD



 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

   Que sí, que Cursach debe ser liberado hoy mismo porque, como dicen nuestros inestimables prodigios de las redes sociales y la nueva política, la cárcel no sirve para nada. Así que mejor en casita, Tolo, pues tu único pecado fue tener una idea alternativa de lo que es justo, y ante ese ejemplo de criterio propio no debemos oponer la cobarde violencia institucional. Lo mismo vale para ‘presos políticos’ como Ignacio González, o un Granados que estuvo 2’5 años en prisión preventiva. Bárcenas se chupó diecinueve meses. Todos fuera, ¡liberad a Barrabás! No judicialicemos la política porque esto de la trena no rehabilita, lo dice su ilustrísima Évole. Los jueces no se enteran de nada, batuadell!, es insoportable que quieran aplicar criterios judiciales en lugar de conveniencias electorales. Si de verdad queremos ser como Dinamarca, una minucia como es un golpe de Estado incluso debería ser aplaudida. Mejor que nos juzguen Colaus, Fachines o Rufianes, gente más fina, responsable y sobre todo tremendamente ecuánime.
El caóticamente locuaz Nel Martí también parece muy amigo del diálogo y la proporcionalidad. Sin embargo, como sus compiyoguis de gobierno, sólo exige lo que no practica. ¿Cuándo comenzamos a debatir que se corrija la desproporcionalidad de que Menorca tenga más escaños que Ibiza, contando con menos población? ¿O que Més per Menorca tenga 3 diputados con sólo 6500 votos, mientras que Ciudadanos no pasa de 2 con más de 25000 papeletas mallorquinas? Otra que tal, Margalida Capellà, que ahora afortunadamente se retira del Parlament (os acompaño en el sentimiento, Facultad de Derecho de la UIB, que es a donde regresa), predica consenso y conciliación, pero fue la primera persona que en Twitter manifestó de mala manera (“Ve preparant sa cartera, són 3000 euros”. Luego borró el tuit) su deseo de que el Govern me empurara con esa considerable sanción económica por mi tergiversada disección aquella sobre Cort y el concejal Joan Ferrer. Diálogo, pide ahora, sólo con sus amigos golpistas, pero a saco contra un modesto pero al parecer molesto plumilla. Parlem, tú conmigo, pero yo sólo si me apetece o conviene. A todo esto, sigo sin saber qué resolución tomará el Govern sobre mi multa administrativa. Pero viendo que tardaron casi 10 meses en abrirme el expediente, cuando con el otro encausado por la misma ley sólo invirtieron unas semanas en sacarle la tarjeta amarilla, puede que la intriga se alargue un poco. Les mantendré informados.
Al menos tenemos clara una cosa: la mayor de las desproporcionalidades es la que separa a tantos egos de infinita megalomanía de unos conocimientos y responsabilidades sepultados irreparablemente en el fondo de la Fosa de las Marianas, el punto más sumergido del planeta.
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